Construir con el clima, no contra él: la lección que la arquitectura tardó décadas en aprender

Construir con el clima, no contra él: la lección que la arquitectura tardó décadas en aprender

En 1984, dos arquitectos de la Universidad de Buenos Aires propusieron algo que entonces sonaba radical: que un edificio no debería diseñarse como un objeto aislado, sino como parte de su entorno natural, climático y cultural. Que el sol, el viento, la humedad y la vegetación no eran problemas a resolver con tecnología, sino recursos a integrar desde el primer trazo.

Esa propuesta se llamó Diseño Bioambiental y Arquitectura Solar, y fue la base de una materia electiva que los arquitectos John Martin Evans y Silvia de Schiller dictaron durante años en la FADU-UBA. Lo que desarrollaron allí sigue siendo, décadas después, una de las aproximaciones más coherentes al problema de cómo construimos.


El edificio como objeto aislado: el error de origen

Durante gran parte del siglo XX, la arquitectura moderna planteó al edificio como una obra en sí misma: autosuficiente, reproducible, independiente de su latitud y su clima. El resultado fue el mismo rascacielos con curtain wall de vidrio en Houston que en Oslo. El mismo bloque de viviendas en Salta que en Bariloche.

Evans y de Schiller diagnosticaron el problema con precisión: las posturas estetizantes y funcionalistas trataban al “edificio” aislado como objeto de diseño, ignorando que el verdadero objeto de la tarea proyectual es el conjunto formado por el medio natural, el medio cultural y el edificio.

No es una distinción semántica. Es una diferencia que se mide en kilowatts y en calidad de vida.


El número que lo cambia todo

Cuando el documento fue elaborado, el 30% del consumo total de energía de Argentina correspondía al acondicionamiento de edificios. Calefacción en invierno, refrigeración en verano: un tercio de toda la energía del país gastada en corregir, con tecnología y combustible, lo que el diseño podría haber resuelto desde el principio.

La conclusión es incómoda pero directa: gran parte de ese gasto no es inevitable. Es el costo de haber diseñado mal desde el origen — sin considerar la orientación solar, la protección del viento, la inercia térmica de los materiales, la ventilación cruzada.

Un edificio bien diseñado bioambientalmente no necesita “acondicionar” de la misma manera. Sus características intrínsecas hacen gran parte del trabajo.


¿Qué es exactamente el diseño bioambiental?

La definición que ofrecen Evans y de Schiller es elegante: el diseño bioambiental consiste en manejar el ambiente (BIO) para crear un hábitat favorable al hombre, optimizando el uso de los recursos disponibles y resguardando el equilibrio ecológico.

En la práctica, esto implica tres grandes movimientos:

1. Aprovechar lo favorable. Orientar ventanas al norte para captar sol en invierno. Diseñar aleros que den sombra en verano pero dejen pasar la luz en invierno. Localizar espacios de estar donde la temperatura y la luz sean naturalmente adecuadas.

2. Protegerse de lo desfavorable. Diseñar barreras o configuraciones que reduzcan el impacto del viento frío. Usar vegetación como regulador del microclima. Elegir materiales que amortigüen los picos de temperatura.

3. No depender de lo artificial. Cada decisión de diseño que reduce la necesidad de calefacción o aire acondicionado es una decisión que reduce el consumo energético permanente del edificio durante toda su vida útil.


La diversidad climática como problema y como oportunidad

Argentina es el octavo país del mundo por superficie y el segundo por extensión norte-sur. Eso significa que una solución que funciona en Salta (cálida-húmeda, a 24° de latitud sur) puede ser exactamente el error a evitar en Bariloche (muy fría y lluviosa, a 41°) o en Trelew (templada fría, seca y ventosa).

Este fue uno de los grandes aportes metodológicos de la cátedra: en lugar de enseñar soluciones universales, enseñaron a leer el clima específico de cada lugar y a derivar de esa lectura las pautas de diseño. Los estudiantes trabajaban con datos meteorológicos reales, analizaban temperatura, humedad, precipitación, radiación solar y régimen de vientos, y recién entonces comenzaban a proyectar.

El resultado fue una generación de proyectos radicalmente distintos entre sí — no por capricho formal, sino porque respondían a medios distintos.


Herramientas concretas para un problema concreto

La propuesta no se quedaba en lo conceptual. El equipo docente desarrolló herramientas físicas de evaluación: el heliodon (para visualizar el movimiento del sol y las sombras alrededor de una maqueta) y el túnel de viento (para analizar el comportamiento del viento en conjuntos arquitectónicos).

Antes de que existiera el software de simulación energética, estas herramientas permitían verificar — con maquetas reales — si una fachada quedaría sombreada en verano, si un patio captaría luz en invierno, si un pasaje entre edificios generaría turbulencias indeseadas.

La lógica era pedagógica pero también práctica: primero entender el problema, luego diseñar la solución, luego verificarla. No al revés.


Una idea que sigue siendo nueva

Lo paradójico es que los principios que Evans y de Schiller formalizaron en 1984 siguen siendo tratados como “innovación” en gran parte de la industria de la construcción. La arquitectura sustentable, la certificación LEED, el diseño pasivo, la arquitectura bioclimática: todos estos conceptos que hoy circulan con entusiasmo tienen sus raíces en exactamente lo mismo que esta cátedra enseñaba hace cuatro décadas.

La diferencia es que entonces no había incentivos económicos, certificaciones de mercado ni presión regulatoria. Solo la convicción de que construir bien — de verdad bien — implica respetar el medio en el que se construye.

Esa convicción no envejeció. El clima tampoco esperó.


Basado en: Evans, J.M. y de Schiller, S. (1991). “Diseño Bioambiental y Arquitectura Solar”. Presentación para el llamado a concurso de la materia electiva. Cátedra FADU-UBA. Buenos Aires.